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Pocas cosas requieren más imaginación que leer un libro sobre vinos: una guía de selecciones del año, un manual de cata o alguna de las enciclopedias que, como la Larousse, tratan de hacer comprensible el territorio de las cepas, las barricas, los taninos y la fermentación maloláctica, son, literalmente, letra muerta, si uno no trata de poner los sentidos en función a darle una cierta articulación en la experiencia propia a todos los términos y sensaciones descritas.
Esto fue lo que me mantuvo alejado de los vinos italianos: recurrentemente se aludía a su elevada acidez, que podía ser disfrutable en el caso de los caldos bien logrados y una calamidad en el resto de las botellas de supermercado. Inundado como vivo en Caracas, por geografía y exenciones arancelarias, de vinos argentinos y chilenos, muchos de los cuales, pese a su calidad, son vinos con un perfil marcadamente frutal y hasta dulzón, no veía lógica en la idea de acercarme a un territorio que parecía muy distante de mis gustos e intereses.
Pero en un viaje a Ciudad de Panamá y ante una duda de maridaje decidí buscarme una botella de Chianti. Mis condiciones fueron: que lo vendieran en media botella (375 cc.) y que me gustara la etiqueta. No iba a navegar frenéticamente en internet antes de tomar la decisión, no iba a considerar muchísimo el precio: si era razonable y cumplía los dos aspectos, lo compraría: estaba cansado y la vinatería quedaba camino al hotel, donde iba a comer, así que no pensaba volver a salir al encuentro de los casi 40 grados del junio panameño.
Me topé con el Castiglioni 2005 de Frescobaldi. Me compró la idea de los 700 años de la familia en tierras toscanas, dato que ya había escuchado y leído. La etiqueta era sobria. Estaba en media botella. Me pidieron unos 5US$. Lo llevé.
Ya en la habitación, armado de un rústico sacacorchos chino y con la llave de hotel como navaja para cortar la cápsula, vertí un primer chorro en la copa y comenzó el romance: esos reflejos brillantes, esa capa uniforme lograda, una elegancia sutil pero elocuente. En nariz, la sangiovese fue drenando parte de la acidez, pero al mismo tiempo ese carácter puro de fruta roja en acero, de intensidad moderada, con el mismo halo de encanto.
Finalmente, en boca se presentó con concentración media, gusto frutal y, sobre todo, esa acidez que realmente no se puede describir porque pone en guardia a las papilas gustativas, pero sin abrumarlas: simplemente alerta y manda como una carga eléctrica de baja intensidad. Y se podían cerrar los ojos y pensar en los viñedos circundantes a esa ciudad de oro y cultura que es Florencia.
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